Archive for the ‘Roma’ Category

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El contubernio: asunto de esclavos

22 mayo 2010

Llamamos contubernio en Roma a la convivencia conyugal entre dos esclavos, que necesitaría de la autorización de los dueños de éstos. La descendencia seguirá siempre la condición de la madre (esclava) y esos hijos pertenecerán al dueño de dicha esclava.

Y es que los esclavos no tenían derecho a formar una familia, pero sí que se tiene en cuenta la relación consanguínea de cara al futuro. Es decir, en caso de que fuesen liberados a lo largo de su vida, sí que pueden saber de quién son hijos, especialmente para que no se produzcan relaciones incestuosas, pero en ningún caso son reconocidos como familiares legales por las leyes romanas.

El contubernio puede ser también una convivencia o unión entre un ciudadano libre y un esclavo, bien sea éste propio o ajeno, pero se trata de casos muy mal vistos socialmente y también por las leyes romanas, pudiendo imponerse castigos como convertir a la parte libre en esclava en caso de que no se disuelva esa unión. Y es que supone una extraña inversión o subversión del orden social.

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El concubinato romano, ilegítimo pero aceptado

14 mayo 2010

Se trata de la convivencia conyugal entre dos ciudadanos libres que no quieren contraer un matrimonio legítimo. Como la dote es un requisito del matrimonio legitimo, en el caso del concubinato no hay intercambio de dote. De igual modo, tampoco hay obligación de fidelidad por ninguna de las partes, siendo asimismo una unión separable en cualquier momento por la voluntad de cualquiera de las partes, sin que esa disolución implique obligaciones económicas de ningún tipo. Existían en Roma una serie de requisitos que debían cumplirse para que el concubinato fuese válido. Son los siguientes:

1. Que ninguno de los integrantes estuviese casado legítimamente, ya que en ese caso no sería concubinato, sino adulterio.

2. Que la mujer haya superado ya la etapa de la pubertad, es decir, debe ser púber.

3. Que exista el libre consentimiento por ambas partes y que, por tanto, ninguno se vea obligado.

4. Que el concubinato lo conformen dos personas, y no más (es una relación monógama, no una situación similar a un harén).

Este tipo de convivencia se da desde los tiempos antiguos de la Roma más primitiva, aunque empieza a ser tenida en cuenta por la legislación ya citada en otros post de Augusto a principios del Imperio. Desde entonces, se reconoce el concubinato por ley y es una relación pública que socialmente no hay por qué llevar en secreto.

De cara a la descendencia, los hijos habidos del concubinato son considerados por las leyes romanas hijos naturales, no legítimos. Es decir, los niños y niñas nacen ya como sui iuris, fuera de la potestad de cualquier pater familias, y siguen siempre la condición jurídica y social de la madre (si ella es ciudadana libre, si tiene rango senatorial, si es ecuestre… los hijos serán lo mismo que ella).

Pero la transmisión fundamental del patrimonio, así como de la estirpe, se llevaba a cabo por vía masculina, como también se ha explicado, por lo tanto ser hijo natural y carecer de pater familias no era nada ventajoso para esos niños. Más bien es lo contrario: era una tara social a la hora de progresar en la vida, ya que ese niño o niña será una persona sin el apoyo de una familia paterna dentro de una sociedad tan patriarcal como la romana; tendrá que medrar por sí mismo sin amparo, sin apoyo económico ni profesional, sin posibilidad de herencia paterna, etcétera, todo ello normal en un hijo legítimo de cualquier familia romana. Por lo tanto, ser hijo natural de un concubinato era un hándicap que privaba a ese hijo de los recursos que sí poseen el resto de ciudadanos. Pero ¿qué ciudadanos recurrían en Roma al concubinato?:

  • Aquellas mujeres que recurrían a este tipo de uniones en lugar de al matrimonio legítimo eran mujeres de baja extracción social que no tenían dinero para la dote. Por lo tanto, si en un momento dado se le antoja a su pareja masculina, ella debe marcharse sin ningún tipo de respaldo económico, ni siquiera para el mantenimiento de la descendencia (a no ser que él, de manera voluntaria, decidiese ayudarla de algún modo, pero por generosidad, no por que estuviese obligado legalmente).
  • En el caso de los hombres que optan por la vía del concubinato, puede ser que se tratase de aquellos que no desean un matrimonio legítimo debido a que hay una gran diferencia social con la mujer a la que quiere. Sería un tremendo escándalo social casarse en esas condiciones. Podría tratarse también, al hilo de esto, de casos de imposibilidad, ya que por ejemplo los senadores tenían prohibido casarse con una liberta, pero no vivir con ella en concubinato. Un tercer caso sería el de aquellos hombres que no desean tener más hijos legítimos porque ya tienen suficientes como para garantizar la continuidad de su estirpe y el reparto de su herencia. ¿Para qué más herederos? Un ejemplo son los viudos, que optan por el concubinato para no complicar más el tema de la herencia.

Pese a que el concubinato es tolerado en Roma tanto por las leyes como por la sociedad, durante la última etapa del Imperio, con los emperadores cristianos, la tendencia será a limitarlo o convertirlo en matrimonio legítimo (no eliminarlo o prohibirlo directamente, ya que estaba muy arraigado en los usos romanos).  Esto será a partir del siglo V después de Cristo y con los padres de la Iglesia detrás, abogando, según la moral católica, por la legitimidad de las uniones matrimoniales.

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Alternativas al matrimonio romano

6 mayo 2010

La entrada anterior se centraba en el rito matrimonial romano, precedido de los esponsales. Pues bien, hay que explicar que había fórmulas alternativas, aquellas que hacían que la mujer pasase a estar bajo la patria potestas de su esposo. Estos antiguos ritos que hacen brotar la manus o autoridad marital son tres: confarreatio, usus y coemptio.

1.- CONFARREATIO

Es el matrimonio que se celebra cumpliendo unas fórmulas religiosas en honor de Júpiter, al que se entrega un panis farreus (un pan de trigo, de ahí en nombre de confarreatio). Para ello, se requiere la presencia del sacerdote más importante de Júpiter, que es el Flamen Dialis, y del Pontífice máximo o Pontifex Maximus. Lo que se hace es pronunciar unas fórmulas solemnes consagradas, como digo, a Júpiter con la presencia, además, de diez testigos varones, mayores de edad, ciudadanos romanos y de virtud probada.

2.- USUS

Esta fórmula imita el viejo mito del matrimonio por rapto, que es de origen indoeuropeo. Es una fórmula recogida ya en la Ley de las XII Tablas, el código de justicia romano más antiguo (data del año 450 antes de Cristo). Este rito hace brotar la manus automáticamente mediante la posesión de la esposa durante un año ininterrumpido. Existía, sin embargo, una triquiñuela para poder burlar o evitar este efecto (también recogido este “truco” en la citada Ley): se trata de la usurpación de tres noches, el llamado usurpatio trinocti. Es decir, si ese año se interrumpía con tres noches seguidas en las que la mujer salía de casa, había que comenzar a contar de nuevo otro año completo porque el proceso se truncaba, por lo que el brote de la manus podía tardar años en producirse a través de esta vía.

3.- COEMPTIO

El coemptio simula la compra de la mujer, es decir, se trata de una pantomima del matrimonio por compraventa simbólica de la esposa. Los actuantes de este proceso “mercantil” eran los pater familias de ambos integrantes de la pareja -en caso de que el marido no fuese siu iuris- y en su defecto el tutor y cinco testigos de iguales características que los citados anteriormente. Lo que se intercambian son unas fórmulas jurídicas ya acuñadas de forma oral que simulan, como digo, la compra de la potestad sobre la mujer por parte del novio o del pater familias de éste. El efecto principal de este ritual es que, además de quedar la mujer bajo la autoridad de su marido o del pater familias de éste, también la propiedad de la dote cambia de familia.

Otro efecto o hecho a destacar es que en este tipo de uniones ella se integra en la otra familia de una forma particular (algo que recogen las leyes romanas): a través de la fórmula conocida como in loco filiae, es decir, en el lugar de una hija, como si fuese hija de su marido; jurídicamente, sería una hija para su marido o bien para el pater familias de éste, de igual modo que el resto de hijos que puedan tener en ese matrimonio.

Esto sucede porque la mujer tiene que integrarse en su familia agnaticia en función del parentesco masculino, y no podría hacerse de otro modo que no fuese éste. Los parientes agnados más próximos a un hombre que heredan en primera instancia son los hijos, y la mujer ha de integrarse en la familia a todos los efectos, teniendo con su marido un parentesco por vía masculina que, repito, no sería posible de forma natural. Éste es el único modo. Así, la mujer participaría en la misma proporción que sus hijos e hijas en la herencia del marido.

Estos tres tipos o fórmulas de matrimonio van a caer en desuso muy rápidamente en la última etapa de la República (a partir del siglo II antes de Cristo). Se convertiría desde entonces en un distintivo de excelencia utilizado tan sólo por alguna familia conservadora de rancio abolengo. El motivo de que caigan en desuso es doble:

1. Por un lado, el matrimonio celebrado a través de estos ritos es más difícil de disolver que aquel que no genera manus. Necesita de ceremonias específicas y de la participación de autoridades civiles y religiosas. Sin embargo, en el matrimonio ordinario no hay que recurrir a nadie a la hora de ponerle fin (como se verá en otro post). No interesa un matrimonio difícil de disolver, ya que, especialmente en el caso de la aristocracia, los romanos solían casarse por intereses (como el valor político, alianzas sociales, intereses económicos…) que podían variar.

2. Por otro lado, en cuanto a la cuestión del paso de la dote, la familia de ella preferirá siempre, como es obvio, que la dote quede bajo su autoridad, ya que aunque el marido administre esos bienes, la propiedad sigue controlándola la familia de la mujer. Sin embargo, en el matrimonio habitual se produce una situación jurídica extraña de cara a la herencia, ya que madre e hijos pertenecen a familias agnaticias diferentes. Por lo tanto, no es posible la herencia intestada directa entre madres e hijos, pues son parientes cognados pero no agnados. Ni los hijos heredan de su madre ni ésta de sus hijos en caso de que fallezcan antes, a no ser que se dejen bienes a voluntad por medio de un testamento, lo cual sí que era posible. Con el tiempo, el Derecho romano tenderá a corregir esta situación.

El concubinato y el contubernio son dos alternativas más al matrimonio convencional que se tratarán en un post posterior

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El compromiso y las ceremonias del matrimonio romano

1 mayo 2010

Lo normal en la Roma primitiva es que antes del matrimonio –incluso varios años antes- se estableciera un compromiso matrimonial, es decir, unos esponsales.  De hecho, de ahí proceden las palabras esponsa y esponsus, o lo que es lo mismo, prometida y prometido, aunque hoy en día para nosotros las palabras esposa y esposo se refieren a los cónyuges ya casados, pero esa es, como vemos, una interpretación incorrecta.

Las leyes romanas no establecen una edad mínima clara para la celebración de los esponsales, pero la práctica social era no celebrarlos antes de los siete años de edad, y se esperaban después unos años para contraer matrimonio.

Para la celebración del compromiso o los esponsales, no es necesaria la presencia de los prometidos, ya que como solían ser niños, la decisión la toman los pater familias respectivos.

Durante los esponsales, lo que se hace es discutir el compromiso y llegar a un acuerdo. La cuestión fundamental a tratar es la económica, que vendría marcada en Roma por la entrega de la dote que acompaña a la novia. Esta dote se extrae del patrimonio familiar que administra el pater familias de ella, y se entrega cuando se produce el matrimonio.

Por su lado, la familia del novio hace entrega de las arrae o arras, una entrega simbólica a fin de manifestar el acuerdo con el compromiso (generalmente un anillo para la prometida que portaría en el dedo anular de la mano izquierda y que podría ser de hierro, plata u oro dependiendo del poder adquisitivo del contrayente masculino).

Podría darse el caso de que, una vez entregados los esponsales, después no se celebrara el matrimonio, por ejemplo porque él se iba a la guerra o porque surgiera un candidato más aparente. En estos casos, la parte que sí que quiere cumplir el acuerdo lo llevaría a los tribunales para determinar los motivos de la negativa y la parte “culpable” que no quiera cumplir tendría que responder con una sanción económica, sin más, por la falta de palabra, pero no se obligaría a cumplir el compromiso.

Sin embargo, dentro de la tendencia evolutiva, a partir del siglo IV (ya en la Roma cristiana), se tiende a que el compromiso sea obligatorio; con el cristianismo, el matrimonio pasa a ser indisoluble, y por lo tanto, también el compromiso.

La esencia de la unión matrimonial es la llamada affectio maritalis, es decir, la voluntad de vivir juntos y el afecto y cariño entre los cónyuges y, bajo ese punto de vista, la unión matrimonial se expresa en la convivencia, por ello no es necesario ningún tipo de registro ni ninguna ceremonia específica. Eso sí, si no hay dote, no hay matrimonio (esa sí que es una condición indispensable).

Pero la práctica social acompaña ese cambio de trayectoria vital con una serie de ceremonias y celebraciones, aunque ninguna destinada a establecer formalmente el matrimonio.

Las ceremonias o celebraciones que arropaban el momento de las nupcias eran diversas y muy especiales, con un sentido muy diferente al que las podemos dar hoy en día con nuestro matrimonio civil y religioso.

1. Fijar la fecha

Para ello se recurría a la consulta de los auspicios a fin de conocer la fecha más favorable (junio era un mes especialmente propicio).

2. El día antes de la boda

También era tradicional que el día antes de la boda la novia hiciera una consagración de objetos de su infancia o juventud a los dioses.

3. El día de la boda

La casa de la novia era el centro de las celebraciones ese día, adornada con flores y guirnaldas. Se abrían los armarios en los que se encontraban las máscaras o imágenes de los antepasados para que éstos participasen en la fiesta.

El vestido de la novia era preeminentemente blanco e iba complementado por un velo que le cubría el rostro. Después de una nueva consulta de los auspicios, se firmaba el contrato nupcial o tabulae nuptiales y era habitual que los novios realizasen un sacrificio a las divinidades y se realizase una cena nupcial antes del atardecer en la casa de la novia con amigos y familiares. Los invitados se preparan en el cortejo nupcial para dirigirse a la casa del novio acompañando a la novia con antorchas, instrumentos musicales y realizaba cantos propios de la época. Mientras, el novio y su familia se adelantaban para esperar a la novia en su nueva casa.

Otra fórmula tradicional era que al llegar al umbral de la puerta, el novio preguntase ¿Quién eres tú?, a lo que ella respondería Donde tú eres Cayo yo soy Caya (si tú eres el Señor, yo soy la Señora), dando a  entender que eran complementarios, que eran dos caras de la misma moneda. Dicho esto, él la coge en brazos y atraviesa con ella el umbral para que ésta no tenga que pisarlo.

Una peculiaridad muy importante que hay que destacar es que cuando se producen la convivencia pública y el intercambio de la dote, esto no implica que la mujer se integre directamente en la familia del marido, sino que continúa estando bajo la autoridad de su propio pater familias mientras éste viva (y después bajo la autoridad del tutor). La principal e importante consecuencia de esto es que la dote entregada sigue perteneciendo en última instancia al pater familias de ella, si bien la costumbre social era que estos bienes dotales los gestionase y administrase el marido. Éste no podrá, por tanto, enajenar ni vender estos bienes libremente sin el permiso de ella y, por ende, de su pater familias.

En caso de que el marido quiera que ella rompa con la autoridad de su pater familias y se integre en su familia, hay que celebrar el matrimonio con unos ritos especiales muy antiguos en la sociedad romana, que se remontan a las primeras etapas monárquicas de la Roma primitiva. Esos ritos se abordarán en el siguiente post.

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Próximamente: FORMAS DE MATRIMONIO ALTERNATIVAS

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El matrimonio en Roma

25 abril 2010

El matrimonio en la antigua Roma, y en general en todas las civilizaciones del mundo antiguo, era una institución fundamento de la familia cuyo fin primordial era la procreación (de igual modo que en la antigua Grecia o en el Egipto faraónico, por ejemplo), es decir, engendrar hijos legítimos para poder llevar a cabo: la transmisión del patrimonio personal y la transmisión de la estirpe social y los estados jurídicos.

El objetivo personal de todo adulto en Roma era casarse, y puede decirse que no había otra alternativa. Es cierto que había personas que permanecían en la soltería por un tiempo o que se quedaban viudas, obviamente, pero el estado civil ideal era el de casado. En caso de viudedad, era frecuente contraer matrimonio nuevamente en un corto periodo de tiempo. Es cierto que había una tradición de conservar la memoria del cónyuge fallecido, pero no se retrasaban mucho las nuevas nupcias.

Asimismo, los matrimonios se acometían a edades muy tempranas, y la soltería, entre otras situaciones, eran vistas con extrañeza por parte de la sociedad romana.

En Roma, a diferencia de lo sucedido en otras civilizaciones antiguas, el matrimonio era monógamo, de tal modo que cada hombre poseía tan sólo una esposa legítima (en latín uxor). Términos frecuentes eran también el de matrona, que designaba a la ciudadana romana casada legítimamente, y mater familias, que se refería a las mujeres casadas legítimamente y además con descendencia (mater familias entrañaba en cierto modo un mayor grado de respetabilidad).

Los requisitos que debía cumplir una unión conyugar para ser lícita en Roma son los siguientes: que ambos cónyuges estén preparados físicamente para concebir (pubertad), que el matrimonio se produjese entre hombre y mujer (diversidad de sexo), puesto que la finalidad de éste es la procreación, como se ha dicho, y en tercer lugar el consentimiento mutuo de ambos cónyuges, que se entendería que dado tácitamente en caso de no haber oposición explícita.

Pero además, existía un impedimento fundamental a la hora de producirse un casamiento legítimo en la Roma antigua, y es el del parentesco y la afinidad entre los cónyuges: el incesto, es decir, las uniones de carácter incestuoso. Esto afectaba a todos los grados en línea descendente, tanto parientes agnados como cognados, y tanto en línea recta (es decir, abuelos, padres, hijos, nietos, bisnietos…), como en línea colateral (hermanos y hermanas), además de tíos y sobrinos. En caso contrario, los contrayentes podrían ser condenados a penas similares a las del adulterio, que iban desde la pena de muerte en los casos más graves hasta el asedio, el destierro o una simple multa.

A todo ciudadano romano, tanto hombre como mujer, le asistía el derecho de contraer un matrimonio legítimo (nupcias justas o iustae nuptiae), un derecho reconocido por las leyes de Roma y que era llamado conubium. Es, como digo, uno de los cinco derechos que se reconocían a la ciudadanía romana. Sin embargo, este derecho de conubium o ius connubii también tenía sus excepciones, es decir, había ciudadanos romanos que no gozaban del derecho a  casarse con otro de manera legítima. Estas excepciones son:

1)    En los primeros tiempos de la República, se niega este derecho entre patricios y plebeyos.

2)    También en esa misma etapa, se niega el derecho de conubium ente los ciudadanos libres y aquellos de origen liberto.

3)    Se niega este derecho también en el caso de uniones de mujeres libres con libertos.

4)    La última de las prohibiciones sobre el derecho de conubium sería la que afectaba a soldados o militares en servicio. Pese a que el servicio militar duraba muchos años, no se reconocía este derecho a los soldados hasta que se licenciaban.

Estas dos últimas excepciones, la de los casos de mujeres libres y esclavos y la de los militares, serán las que más perduren y más se prolonguen en el tiempo.

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Próximamente: EL COMPROMISO Y LAS CEREMONIAS

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La familia romana: la patria potestas

20 abril 2010

Como anuncié, se dedicaría un post a la patria potestas, y aquí está. Ya se dijo que la patria potestas es uno de los rasgos más peculiares de la familia romana: es la autoridad del pater familias sobre hijos e hijas y sus descendientes y se extingue básicamente con el fallecimiento del pater familias. En muchas ocasiones, el pater familias no ejerce esta autoridad sólo sobre sus hijos, sino también sobre sus nietos, por lo que se puede decir que el concepto de pater familias no necesariamente coincide con el padre. A la muerte del pater familias, tanto hijos como hijas quedarían libres. Además, este tipo de autoridad es privativa de los hombres y nunca puede ser ejercida por una mujer.

La patria potestas lleva consigo una serie de prerrogativas que son peculiares y propias de la civilización romana y que irán suavizándose con el tiempo. Estos poderes que otorga al pater familias la patria potestas son básicamente los siguientes:

1.- El pater familias puede decidir sobre la vida o la muerte de los hijos, de tal manera que determinados delitos podían ser castigados con la muerte, como el adulterio de una hija o alguna falta contra el Estado. Asimismo, el pater familias tiene derecho a matar a un hijo en caso de que éste nazca con algún defecto físico.

2.- También tiene derecho a vender a sus hijos para recibir dinero o bienes como garantía del pago de una deuda. La tendencia desde Augusto en adelante será a limitar este derecho del pater familias.

3.- En tercer lugar, el pater familias puede abandonar a la familia, es decir, no tiene por qué aceptar a los hijos que engendra. De hecho, en la familia romana cuando nace un hijo se pone a los pies del padre, y si éste se agachaba y lo cogía, significaba que lo aceptaba; en caso de que le diese la espalda, eso quería decir que no le quería y quedaba así abandonado. Estos bebés abandonados morían o eran recogidos con personas que les cuidaban con destino a la esclavitud o para burdeles y prostíbulos en el caso de las chicas. Normalmente, la familia solía criar a los hijos varones y sólo a la primera hembra (ya en época cristiana se podría incurrir en el aborto).

4.- El pater familias tiene también derecho a constituir la familia según su voluntad. Esto se traduce en la capacidad para decidir las adopciones y los matrimonios de sus hijos y nietos, incluso decidía los divorcios de dichas uniones.

5.- Finalmente, el pater familias tenía derecho pleno sobre los bienes de los hijos. Es el único propietario legítimo del patrimonio familiar, por lo tanto, los hijos e hijas no poseen nada por derecho, sino que todo lo que adquieran quedará bajo la propiedad de su pater familias. Como contrapartida, éste tiene que velar y garantizar el sostenimiento económico de la familia.

El cese de la patria potestas se produce, como decía antes, por la muerte del pater familias. De este modo, los hijos varones se convierten automáticamente en jefes de sus respectivas familias, mientras que las hijas siguen una trayectoria diferente: aunque también son libres, pasan a quedar sometidas bajo la autoridad de un tutor legal; se trata de la llamada tutela mulieris, y la ejerce un pariente directo del pater familias. Esta diferencia en el tratamiento se basa, para los romanos, en que la naturaleza femenina es más débil (imbecillitas), con una falta de criterio o capacidad para guiarse con la razón (infirmitas), por ello se considera que la mujer precisa de un tutor legal que vele por sus intereses.

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Próximamente: EL MATRIMONIO EN ROMA

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La familia romana: parentesco

17 abril 2010

Otro aspecto singular de la familia romana, además de su composición que veíamos en el post anterior, es el modo de entender el parentesco. No se trata de un parentesco basado exclusivamente en los lazos de sangre, como podríamos entender hoy este concepto, sino que los romanos lo entendían en base a tres nociones diferentes:

1.- PARENTESCO AGNADO

Los parientes agnados son todos los miembros de la familia emparentados con el pater familias y sus descendientes exclusivamente a través de vía masculina.

2.- PARENTESCO COGNADO

Los parientes cognados, por el contrario, serían todas las personas emparentadas con el pater familias y sus descendientes por lazos de sangre que vienen por vía femenina, es decir, a través de la esposa.

Las diferencias entre agnados (agnatio) y cognados (cognatio) es que los primeros gozaban de una serie de privilegios de cara a herencias y sucesiones intestadas, encontrándose en una situación de preferencia frente a los cognados; también existía distinción de cara a la sucesión patrimonial cuando no había testamento; asimismo, los agnados eran preferidos para ejercer la tutela de los menores o de las mujeres. Es decir, que siempre serán preferentes a los parientes de la vía femenina.

3.- PARENTESCO GENTILICIO

En tercer y último lugar, estarían los parientes de la gens o el grupo gentilicio. En latín, una gens era el conjunto de familias descendientes de un antepasado común. Se trata, por lo tanto, de un concepto muy amplio, más que los dos anteriores. En todo caso, ese antepasado solía ser mítico o legendario, y su existencia histórica real era dudosa.

En un principio, la gens era un concepto con un sentido solamente aristocrático (en la Roma primitiva), y los únicos aristocráticos de los que podemos hablar en aquella época eran los patricios. Por lo tanto, el gentilicio servía para distinguirse de aquellos que no lo tenían, era una marca de pedigrí; aporta un signo de existencia y distinción a la aristocracia.

Sin embargo, la ampliación del Estado Romano llevará pareja la ampliación del derecho de ciudadanía, de modo que se incorporan a los aristócratas como nuevos ciudadanos los plebeyos en el siglo IV antes de Cristo; se suman al Estado, a la ciudadanía, y esto hace que también comiencen a utilizar nombres gentilicios, devaluándose así el valor del gentilicio. No sólo eso, sino que ese valor descenderá en picado en una caída libre cada vez mayor a medida que se incorporen también a la ciudadanía los esclavos liberados o libertos, haciendo suyo el gentilicio del patrón que les liberó. Roma conquistará muchos pueblos, y las gentes de esos territorios harán lo propio, adoptando diferentes gentilicios.

Vemos, pues, que el concepto de gens o grupo parental amplio pasa de ser algo reservado a la aristocracia a ser algo de uso general; ya no vale nada como signo de distinción el nombre gentilicio, por ello acabará cayendo en desuso con el paso de los siglos.

Sin embargo, el concepto de agnado y cognado y la distinción entre ambos perdurará en el tiempo mucho más que el de gens, tanto en la sociedad como en el Derecho romano, aunque la tendencia será con el correr del tiempo a igualar las posiciones de cara a las tutelas de los niños y las herencias intestadas, pero se trata de un lento proceso: se avanza hasta la época Tardorromana, más hasta los Antoninos (siglo II después de Cristo) y se sigue evolucionando hasta el siglo IV, llegando a la equiparación total y al fin  eliminándose la diferenciación en la época de Justiniano y su recopilación de derechos (siglo VI después de Cristo).

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