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El compromiso y las ceremonias del matrimonio romano

1 mayo 2010

Lo normal en la Roma primitiva es que antes del matrimonio –incluso varios años antes- se estableciera un compromiso matrimonial, es decir, unos esponsales.  De hecho, de ahí proceden las palabras esponsa y esponsus, o lo que es lo mismo, prometida y prometido, aunque hoy en día para nosotros las palabras esposa y esposo se refieren a los cónyuges ya casados, pero esa es, como vemos, una interpretación incorrecta.

Las leyes romanas no establecen una edad mínima clara para la celebración de los esponsales, pero la práctica social era no celebrarlos antes de los siete años de edad, y se esperaban después unos años para contraer matrimonio.

Para la celebración del compromiso o los esponsales, no es necesaria la presencia de los prometidos, ya que como solían ser niños, la decisión la toman los pater familias respectivos.

Durante los esponsales, lo que se hace es discutir el compromiso y llegar a un acuerdo. La cuestión fundamental a tratar es la económica, que vendría marcada en Roma por la entrega de la dote que acompaña a la novia. Esta dote se extrae del patrimonio familiar que administra el pater familias de ella, y se entrega cuando se produce el matrimonio.

Por su lado, la familia del novio hace entrega de las arrae o arras, una entrega simbólica a fin de manifestar el acuerdo con el compromiso (generalmente un anillo para la prometida que portaría en el dedo anular de la mano izquierda y que podría ser de hierro, plata u oro dependiendo del poder adquisitivo del contrayente masculino).

Podría darse el caso de que, una vez entregados los esponsales, después no se celebrara el matrimonio, por ejemplo porque él se iba a la guerra o porque surgiera un candidato más aparente. En estos casos, la parte que sí que quiere cumplir el acuerdo lo llevaría a los tribunales para determinar los motivos de la negativa y la parte “culpable” que no quiera cumplir tendría que responder con una sanción económica, sin más, por la falta de palabra, pero no se obligaría a cumplir el compromiso.

Sin embargo, dentro de la tendencia evolutiva, a partir del siglo IV (ya en la Roma cristiana), se tiende a que el compromiso sea obligatorio; con el cristianismo, el matrimonio pasa a ser indisoluble, y por lo tanto, también el compromiso.

La esencia de la unión matrimonial es la llamada affectio maritalis, es decir, la voluntad de vivir juntos y el afecto y cariño entre los cónyuges y, bajo ese punto de vista, la unión matrimonial se expresa en la convivencia, por ello no es necesario ningún tipo de registro ni ninguna ceremonia específica. Eso sí, si no hay dote, no hay matrimonio (esa sí que es una condición indispensable).

Pero la práctica social acompaña ese cambio de trayectoria vital con una serie de ceremonias y celebraciones, aunque ninguna destinada a establecer formalmente el matrimonio.

Las ceremonias o celebraciones que arropaban el momento de las nupcias eran diversas y muy especiales, con un sentido muy diferente al que las podemos dar hoy en día con nuestro matrimonio civil y religioso.

1. Fijar la fecha

Para ello se recurría a la consulta de los auspicios a fin de conocer la fecha más favorable (junio era un mes especialmente propicio).

2. El día antes de la boda

También era tradicional que el día antes de la boda la novia hiciera una consagración de objetos de su infancia o juventud a los dioses.

3. El día de la boda

La casa de la novia era el centro de las celebraciones ese día, adornada con flores y guirnaldas. Se abrían los armarios en los que se encontraban las máscaras o imágenes de los antepasados para que éstos participasen en la fiesta.

El vestido de la novia era preeminentemente blanco e iba complementado por un velo que le cubría el rostro. Después de una nueva consulta de los auspicios, se firmaba el contrato nupcial o tabulae nuptiales y era habitual que los novios realizasen un sacrificio a las divinidades y se realizase una cena nupcial antes del atardecer en la casa de la novia con amigos y familiares. Los invitados se preparan en el cortejo nupcial para dirigirse a la casa del novio acompañando a la novia con antorchas, instrumentos musicales y realizaba cantos propios de la época. Mientras, el novio y su familia se adelantaban para esperar a la novia en su nueva casa.

Otra fórmula tradicional era que al llegar al umbral de la puerta, el novio preguntase ¿Quién eres tú?, a lo que ella respondería Donde tú eres Cayo yo soy Caya (si tú eres el Señor, yo soy la Señora), dando a  entender que eran complementarios, que eran dos caras de la misma moneda. Dicho esto, él la coge en brazos y atraviesa con ella el umbral para que ésta no tenga que pisarlo.

Una peculiaridad muy importante que hay que destacar es que cuando se producen la convivencia pública y el intercambio de la dote, esto no implica que la mujer se integre directamente en la familia del marido, sino que continúa estando bajo la autoridad de su propio pater familias mientras éste viva (y después bajo la autoridad del tutor). La principal e importante consecuencia de esto es que la dote entregada sigue perteneciendo en última instancia al pater familias de ella, si bien la costumbre social era que estos bienes dotales los gestionase y administrase el marido. Éste no podrá, por tanto, enajenar ni vender estos bienes libremente sin el permiso de ella y, por ende, de su pater familias.

En caso de que el marido quiera que ella rompa con la autoridad de su pater familias y se integre en su familia, hay que celebrar el matrimonio con unos ritos especiales muy antiguos en la sociedad romana, que se remontan a las primeras etapas monárquicas de la Roma primitiva. Esos ritos se abordarán en el siguiente post.

Recomendables las obras de  M. Henar Gallego Franco

http://0-dialnet.unirioja.es.diana.uca.es/servlet/autor?codigo=144267

Próximamente: FORMAS DE MATRIMONIO ALTERNATIVAS

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